Europa en su hora crítica

Por Gabriel Albiac

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NEGAR el desaliento sobre cuyo horizonte se abre el año, sería en vano cerrar los ojos. La realidad se venga cada vez que tratamos de edulcorarla. La realidad se llama ruina. No la realidad de España; la de Europa, continente a la deriva, desde que, acabada la guerra fría por derrumbe cataclismático del imperio soviético, el carísimo escaparate de calidad, bienestar e ilimitada mercancía que era el continente a este lado de acá del muro, perdió función y dejó, así, de ser rentable.

Había sido alzado ese escaparate, a toda prisa, en paralelo al paredón que fuera el muro de Berlín. Como su antagonista luminoso. La función del muro era logística: taponar la fuga masiva de aquellos que no acertaban a verle maldita la gracia al dichoso paraíso socialista. La de la gran vitrina plantada ante el telón de acero, era esencial, estratégica: frente a un enemigo que zozobraba inexorablemente en la esclavitud, el terror y la miseria, se exhibía el espectáculo -¿a qué negarlo?, un poco obsceno- del confort sin límites. Y, aunque la escena no fuera del todo verdadera, fueron invertidos recursos inmensos en darle verosimilitud inatacable. Eran los años en los cuales la Europa occidental gozaba de un nivel de vida -y, sobre todo, de prestaciones sociales- superior incluso al de quienes financiaban aquella opulencia: los Estados Unidos. No era gratis, desde luego. Pero sí muy rentable, si bien se considera la dimensión de la partida por aquellos años en juego: la de aquel «equilibrio del terror» que nada tenía de metáfora.

Desde el inicial plan Marshall, el ascenso europeo se nutrió de la inversión norteamericana. Hasta el otoño de 1989. Con el complementario beneficio de que los europeos no tuvieran que invertir un céntimo en la costosa defensa militar. En medio de uno de los períodos bélicamente más tormentosos de la historia, Europa pudo permitirse el lujo de delegar su defensa en las armas y las tropas estadounidenses. Lo enorme del ahorro que eso supuso a lo largo de medio siglo puede atisbarse si sencillamente consideramos el peso que tal gasto militar tuvo en la progresiva asfixia y final derrumbe de la URSS.

Pero los lujos acaban por pagarse siempre, cuando los plazos de carencia van venciendo. La Europa que despierta a los años noventa es una de las zonas menos productivas del planeta. Y, con diferencia, la que goza de un nivel de vida más satisfactorio; y de las mejores prestaciones sociales jamás soñadas. Todo eso es muy caro. Y ese precio se pagó a costa de amontonar déficit sobre déficit. Nada es gratis, y lo prestado debe un día ser devuelto. Con intereses. La loca juerga europea, perdida su lógica de frente psicológico de la guerra fría, era ya insostenible. Y el brutal acelerón que fue la imposición -tan artificiosa y, al tiempo, tan inevitable, ésa es la paradoja- del euro aparecía como el último tren antes de ver cerrarse la noche. Pero, mediado el primer decenio del siglo XXI, era ya una evidencia que ninguno de los problemas europeos había sido abordado. Contra un hábito de dispendio público de medio siglo, es casi imposible triunfar. Explicar a quien se cree rico -y, sobre todo, como rico se comporta- que es pobre de solemnidad, resulta una tarea sobrehumana. Europa ha ido estirando la ficción. Incrementando deuda. Y 2013 se le abre sobre la doble amenaza de la recesión en Francia y del caos en Italia. La conjunción, de producirse, dejaría a la UE fuera de juego. Pocos motivos hay para soñar consuelo en el futuro. Ninguno, en el presente.

Fuente: ABC

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