Las corrupciones lógicas

Por Gabriel Albiac

 

6781416093_6c39bb8b49LOS que en 1794 escucharon a Robespierre proclamar la seca alternativa «o corrupción o terror», no vieron en aquello una locura homicida. Sí una evidencia homicida. A la cual se podían poner matices: con demasiada frecuencia entre 1792 y 1794, corrupción y terror se amalgamaron hasta ser indistinguibles. Danton fue el paradigma. La modernidad nacía de la mano de una antinomia envenenada: el dinero es potencia constituyente; y lo es la sangre. No hay Estado europeo, en los dos siglos que vinieron luego, que no haya planeado sobre las movedizas ondas que tensan esos dos polos. El terror triunfa como «virtud» en la Francia del primer quinquenio revolucionario: decapitar el viejo régimen deja de ser una metáfora. La burguesía inglesa, más pragmática, da pronto con una opción rentable: comprarse el Estado. Y el siglo XIX amanece sobre ese complementario horizonte.

Ambos paradigmas -el francés como el británico- requieren, para no autodestruirse, una fina maquinaria correctora: homicidio o robo deben ser acotados por normas precisas, cuya eficacia aplique un organismo independiente. La autonomía del poder judicial se blinda para eso: limitar el arbitrio del político. Y castigarlo, cuando excede los beneficios -enormes- que la ley le otorga. La corrupción -como el crimen- no puede ser borrada de los usos humanos: va en la condición misma de ser hombre. Sí debe ser contenida. Mediante la fijación de penas que hagan poco rentable violar lo establecido. Y los Estados modernos redescubren al Aristóteles más brillante: el del De generatione et corruptione, aquel que sabe cómo la corrupción es la vida, su nombre feo, y que sólo no se corrompe lo ya muerto del todo. Y entienden que marcar los ritmos de esa podredumbre es norma básica de supervivencia. En política, uno puede hacerse una buena fortuna sin haber jamás ejercido actividad laboral. Algunos, hasta lo consiguen sin delinquir: son los más fascinantes.

España salió de la dictadura por la «vía británica». Es bastante verosímil que fuera lo menos malo. Pero también lo menos malo tiene un precio. Como todo. Fue necesario inventar un bipartidismo estable. Para lo cual se requería, primero, inventar dos partidos conformes. No existían. Del viejo aparato franquista, fue extraída la futura «derecha». A una «izquierda» distinta del PCE, fue necesario inventarla de la nada: PSOE. Eso exige dinero. Mucho. La acumulación original vino de fuera, de Alemania y USA: lógicas de la guerra fría. Luego, pasados los primeros años, fue preciso «internalizar» las finanzas y extenderlas a las autonomías: Filesa, Prenafeta o Bárcenas son anécdota de eso.

La Constitución consagró un control municipal del suelo que haría de los constructores la primera fuente de financiación. Enseguida, los bancos vieron lo rentable que era no reclamar deudas a los políticos. Finalmente, los partidos se dotaron de sus propios bancos: las Cajas de Ahorros. Y un buen día, al final, los ciudadanos despertamos arruinados. ¿Los ciudadanos? No todos.

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