Retórica donde política

Por Gabriel Albiac

entrevistas01_gComo una enfermedad irremediable, la retórica se ha ido apropiando de todo en la vida española. De quienes se rebelan, en no menor medida que de quienes mandan. Y es lo más triste -en lo moral, al menos- del mundo en cuyo oscuro vértigo giramos: llamar subversión al rostro juvenil del despotismo. Y de esa «indignación», frente al riesgo de cuya pasionalidad prevenían los clásicos, hacer símil de virtud y aun de virtud épica: Ita decipiuntur parvuli, «así se engaña a los niños». Así, al trastrueque peronista del castellano «acoso» en el feo anglicismo «escratching», damos título de democracia. Olvidamos -pero hemos ya olvidado tantas cosas- que el peronismo es el único de los fascismos clásicos que sigue en ejercicio, desde el lejano 1938 en que su fundador lo importó desde Italia. Y que cabe en un principio fundacional de los totalitarismos: volar el muro que protege de lo público a lo privado, y que es el cimiento de eso a lo cual llamamos democracia.

Leyendo, un poco al azar, la Poética de Aristóteles -más que nada porque en algún refugio hay que ponerse a salvo de este viento estéril-, topo inopinadamente con este sucinto compendio de melancolía: «los antiguos hacían hablar a sus personajes en tono político; los de ahora, en lenguaje retórico». Es lo que tienen los clásicos: el tiempo se detiene en esos fogonazos. Nada puede alterar su verdad un punto. La eternidad es eso.

A qué llama Aristóteles retórica, no hay demasiado problema para saberlo. Basta abrir por la primera página el libro suyo que lleva ese título: «la retórica es una antistrofa de la dialéctica». Lo cual cabe decir la antagonista del conocimiento. Analiza éste, aquélla persuade. Y, al persuadir, necesariamente engaña: impone creencia.

Mas, ¿qué puede Aristóteles entender cuando habla de un «tono» o de un «lenguaje político»? Algo que suena muy extraño a nuestro mundo: un lenguaje verdadero. Lo cual, si bien se mira, es lo exigido por el arranque solemne de la Ética a Nicómaco: «La ciencia suprema, la que ordena en grado máximo, es, como salta a los ojos, la política». Y, «como salta a los ojos» de Aristóteles -y como salta a los nuestros-, esa suprema excelencia ya no existe. No ha existido más que en nuestros tiempos legendarios: el de «los antiguos» a los que añora Aristóteles, aquellos para quienes no fue otra cosa la política que «el gobierno de los más nobles, de los libres»; el de la democracia que nosotros alguna vez soñamos, para despertar en esto. Quedó -para Aristóteles, como para nosotros-, en el que fue su noble altar de mito necesario, la usurpación retórica. Que contamina todo.

Un chaval que no leyó a Saint-Just proclamar la vida privada «templo sagrado» de la ciudadanía que a ningún poder, a ningún Estado, a ninguna potestad política, le está permitido alterar nunca, puede fantasearse a sí mismo una heroicidad de comedia cuando ocupa su tiempo en jorobarle la cena familiar a un político que le cae gordo y al cual llama reaccionario. O a un lo que sea que le cae gordo y al cual llama reaccionario. Ni se le pasará por la cabeza -a no ser que se le cruce a tiempo una biblioteca- que eso que está poniendo en marcha fue inventado por la más regresiva de las tácticas políticas del siglo XX: el linchamiento simbólico, antes de pasar a linchamientos de otro tipo. Mientras pueda refugiarse en una impermeable ignorancia, se sentirá contento. Y bueno. Es una historia vieja y triste. La historia de quienes traen lo peor con sus mejores voluntades. Ita decipiuntur parvuli

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