1 de mayo, dicen

Por Gabriel Albiac

¿QUÉ fue de la clase obrera? Era la misma historia cada año. Desde mis diecisiete, que es cuando de verdad nací; de lo de antes, ni me acuerdo: esa suerte que tengo. Cada primero de mayo era lo mismo: víspera de la llegada de los bárbaros, que jamás acudían. Los únicos bárbaros allí éramos nosotros: borrachos de los muchos libros y los pocos años. Lo más proletario que había por las calles del Madrid que queríamos soñar insurrecto, eran aquellos hijos del pueblo que, uniformados de gris, nos sacudían la badana. Los incautos hijos de la ínfima burguesía, que salíamos de las tediosas aulas para dar la bienvenida a la clase «objetivamente revolucionaria», regresábamos a casa con la cabeza más gacha cada año. Alguno no regresaba: sólo al cabo de unos meses o unos años, según se le terciara la neurona al juez de Orden Público. Pero a la legendaria clase obrera, ninguno de nosotros recuerda habérsela cruzado.

Yo me largué a París. Esa suerte que tuve. Sobre todo, porque un par de meses después, se descubrió que el responsable de propaganda de mi célula del PC era un policía infiltrado. Allí, en París, sí que había proletas el 1 de mayo. Mogollón. De la plaza de la Nación a la Bastilla no podías dar un paso. Cientos de miles, sí. ¿Revolucionarios? Eso era, desde luego, mucho menos claro. Quienes, año tras año, sacaban aquella muchedumbre obrera tras las enseñas rojas y los himnos de combate, eran los mismos que eludieron tomar el poder en 1968 y aniquilaron a quienes querían tomarlo. Así son las cosas. Les lendemains qui chantent, «los mañanas cantarines» en la arcaica retórica —no exenta de cierto encanto entonces— del comunismo francés, significaba eso: «mañana». Hoy, nunca.

Volví. Para mi desdicha, volví. Al principio, también aquí me encontré aquella escenografía solemne. Menos creíble, desde luego. Porque, ¿quién, aquí, iba a creer en la buena fe de un convocante tan cargado de muerte como el entonces secretario del Partido Comunista de España? ¿Y a quién podía ocurrírsele que unos sindicatos que habían aceptado ser estructuras funcionariales del Estado y zamparse el patrimonio de la CNT sin fruncir una ceja, pudieran en serio llamar a revolución alguna? Poco a poco, todos se fueron descolgando. Al cabo de media docena de convocatorias, a la manifestación del día 1 no asistía ya ni esa banda de zánganos a sueldo que son los «liberados» sindicales. Todo el mundo percibía que, junto a los partidos, los sindicatos autollamados obreros eran lo más corrupto de aquel pacto de arribistas que saldó en beneficio propio el fin de la dictadura.

Y ahora, al fin, no hay nadie. Ni en Madrid, ni en París, ni en ningún sitio. Me dicen los amigos que dejé, que allí ya del primero de mayo la única que saca beneficio es la hija de Jean-Marie Le Pen, que el Frente Nacional es la última fuerza política con desvergüenza bastante para exhibir obrerismo y enarbolar viejas retóricas insurreccionales. La verdad, no debería, pero me siento triste, sucia, pesada, culpablemente triste. Y, aunque sabe demasiado bien la respuesta, no yo, algo en mí, sigue rumiando la que fue épica y es ahora sólo lírica pregunta: ¿pero dónde demonios está la clase obrera? En casa. Viendo la tele.

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