Hundimiento cultural

Por Guillem Martínez

En una reciente entrevista el conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, valoraba la cultura de los últimos 25 años como mediocre. Lo que tiene su qué. La cultura de las últimas décadas ha sido subvencionada, seleccionada, reconocida, premiada y honrada por el Estado. Lo que la ha acercado a la propaganda. Es difícil que un jefe de propaganda reconozca su fracaso/deje de emitir propaganda. Yo solo lo he visto en la frase de Mascarell y en un cacho de Goebbels en El Hundimiento, the movie. Un indicativo de que la sinceridad, en los sistemas propagandísticos, solo es perceptible en sus hundimientos, con el búnker ya calentito. Y sí, el paralelismo entre Goebbels y un conseller/ministro de Cultura, es acertado y posible: en una democracia —Chomsky dixit—, la propaganda tiene la misma función que la violencia en una dictadura. Crea una tendencia única e indiscutible y, snif, te hace sentir solo y tonto del bote. Como tras una paliza.

Precisamente, el Hundimiento institucional generalizado que vivimos, consiste también en la percepción del rol propagandístico de la cultura y en su absoluto desprestigio. Un rol que no puede subsistir con crítica y transparencia, y del que por fin hay una visión crítica e información. A través de un mail del PP, enviado por error a quien no se debía, se ha accedido, por ejemplo, a las consignas que el partido da a sus ¿intelectuales? para que opinen en los medios. Lo que ilustra el carácter fraudulento del género de opinión en las últimas décadas, ese género consistente en no alejarse mucho de lo señalado por los partidos o los gobiernos —ahora que lo pienso, como un texto de una acción preferente—. La publicación de las subvenciones de la Generalitat a la prensa escrita —cifras inauditas en época de crisis— incide en el tema, y orienta sobre la función de la cultura en el Régimen del 78: propaganda, en ocasiones pagada, zas, directamente. Existe ya información sobre el pago del Estado a periodistas/escritores/tertulianos/comunicadores —ese pack inquietante y, hasta hace poco, determinante en la fijación de marcos culturales—, como la reciente publicación del sueldo de Bru de Sala por lo del guatequeZzzz del Any Espriu, uno de esos festejos con los que el Estado homenajea a escritores que se le parecen o le perfuman. Son 123.000 pepinos. Y la constatación de algo inaudito en otras culturas europeas, como que un periodista acepte pagos del Estado. O, ya puestos, de un banco —esa cosa que se parece tanto al Estado que igual al final se lo queda—, más concretamente, del banco cuyo pago de deuda por parte de la Generalitat dejó a dos velas durante el pasado julio a los servicios sociales, como es el caso de Julia Otero.

Sea como sea, ya hay indicios para valorar que la relación entre el pago del Estado y la emisión de opinión debe de haber sido muy íntima hasta hace poco, pues en cuando se ha interrumpido, ha dado pie a grandes conversiones. Como es el caso de Josep Ramoneda desde que no dirige una institución estatal. Las deserciones de la CT/Cultura de la Transición por parte de algunos de sus power-rangers, ya sea vía libre albedrío, vía caída libre de mula o vía cese de contrato, empiezan a ser, en todo caso, tan llamativas como el cambio de cosmovisión de Gabilondo. Lamentablemente, carecen de argumentación o explicación pública, algo que sería ética e intelectualmente interesante. O no. Muñoz Molina, verbigracia, que en su último libro parece desmarcarse críticamente del Régimen que le alimentó, opta, en ese trance, por censurar al lector, ya desde la solapa, premios y cargos brindados por el Estado y sus asociados durante el Aznarato, etapa virulenta de propagandismo en la que, como los niños y niñas recuerdan, una parte notoria de nuestra egregia cultura participó, siguiendo las directrices gubernamentales, ampliando el campo semántico ETA hasta sus consecuencias más escalofriantes. De hecho, en su libro no aparece ninguna referencia a su artículo post-11M —tal vez, el ejemplo más radical de una cultura volcada a la propaganda gubernamental—. La incapacidad de reconversión de este colectivo de propagandistas —del que Muñoz Molina puede ser el símbolo—, en aquello que en Francia se conoce como pensador de fondo, se entrevé en el análisis realizado para explicar la crisis española. Una joya. No, aquí no hubo abuso de propaganda que impidió ver la realidad hasta que, toc-toc, llamó a la puerta, sino más bien —tachán-tachán— un fallo en la propaganda, que nos despistó del espíritu de la Transición que bla-bla-bla. Perla: “Obsesionados con la exhumación de fosas comunes, no reparábamos en el fragor de la excavadoras que abrían (…) zanjas para construir chalets”. Vamos, que todo es culpa de los mamones revisionistas/esto lo arreglamos con una vuelta integrista a la CT, en la que fuimos tan felices.

Una cultura que eligió su staff atendiendo a su aproximación al Estado, quizá no da para más. Por eso también se hunde con el Estado que la pagaba y honraba. De la misma manera que decidimos no controlar a nuestras instituciones, decidimos que, por aquí abajo, un intelectual era alguien cuyos análisis coincidían con el Estado, en lo que es una bicoca para el Estado, una rebaja continua de la libertad de expresión para la sociedad y, ya puestos, una cultura mediocre. Para brillar en un sistema cultural vertical, que dé la razón al Estado, nunca ha sido necesario, en fin, ser un lumbreras.

Cuando en el futuro recordemos este periodo cultural, igual lo denominamos la-época-en-la-que-pagamos-viajes-a-New-York-a-varias-generaciones-de-nuestros-catetos. El Hundimiento del Régimen es también el Hundimiento de toda una cultura incapaz, de la que no quedará nada, si exceptuamos a, pongamos, Marías y Bolaño.

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