Del mercado y otros demonios o dioses (a propósito de los artículos de G. Faverón y L. Ghersi)

Por Diego Alarcón Donayre

Yo no siento el más leve impulso de humildad para con el público, ni para con nada en la vida, que no sea el Eterno, el concepto de lo Bello, el recuerdo de los Grandes Hombres… pero un prefacio se dirige al público, este alguien desconsiderado al que no puedo dejar de contemplar como a un enemigo, y al que no me puedo dirigir sin sentimientos de hostilidad.  Jhon Keats

¿Por qué cuando se habla de mercado y cultura el tufo a paradoja aparece nada ligero? ¿Es tan extrema esta supuesta dicotomía? Por estos días me hecho esas preguntas debido a la aparición de un par de artículos. Uno, de Gustavo Faverón, y otro, de Lucas Ghersi. En el primero, Gustavo expone su cuasi apocalíptico parecer sobre el dios del mercado, que, según él, parece estar decididamente entregrado a convertir a los humanos en perfectos imbéciles (bueno, es la función de todos los dioses, ¿no?). Lucas piensa lo contrario, sostiene que “creer” en el mercado no es nada teológico sino más bien una apreciación bastante humilde y mundana sobre el accionar individual cotidiano. Nunca he creído que el mercado sea perfecto, de modo que no creo ser un “liberal fanático”. Pero… ¿los hay? Supongo que sí, como en todas las trincheras. Y el fanatismo, como se sabe, tiene mucho de sagrada fidelidad. Quizás la ideología sea en todo el sentido la forma secular de la fe, pero ése es otro tema; conformémonos por ahora con analizar estos artículos.

Liberales y ¿perversos?

imagesCA1IAWK1Lo primero que denuncia Faverón es la existencia de cierto fanatismo mercantil. Hay, según él, una congregación muy creyente de mercachifles. «Son –dice Gustavo– como fanáticos religiosos que ven morir a una muchedumbre y piensan: “está bien; es parte del plan de Dios”, sólo que su dios es el mercado, es decir el dinero». Lucas responderá diciendo que «mercado no es una entidad mística y tampoco una mano invisible entendida en sentido literal.» Pero, ¿cuál es el lazo argumentarivo aquí? No parece claro. Creo que todos entendemos que el mercado es algo bastante real (demasiado, a veces), pero ésa no es la cuestión; lo es en cambio la afirmación que implícitamente encierra la frase de Faverón. Si algo pertence a eso que llaman el plan de Dios, se presume que eso «debe» ser así, que está bien (porque es Dios, pues). De modo que lo que está diciendo Gustavo es que los liberales, o, mejor dicho, los «falsos» liberales son poco menos que una pandilla de desalmados. ¿Lo son? No sé, es algo bastante personal; hay de todo, no creo que todos los socialistas sean Barney y sus amigos, y hay liberales randianos y eso, de modo que aquí hay mucho de subjetividad.

De gustos y sabores, sí han escrito los autores (un poquito, por lo menos)

El segundo argumento de Faverón sí me parece más objetivo.  «… en la lógica del mercado –dice Gustavo–, “perfeccionar” puede significar “empeorar”.» Y luego da como ejemplo a Asu Mare. Lucas señala, en cambio, que «la regla con la que se mide la “degradación” o “perfección” de las cosas no puede ser objetiva o universal». «Despotricar –agrega– contra las personas sólo porque tienen gustos distintos a los propios es intolerante». Ya hemos hablado de Asu Mare, de modo que no diremos más sobre eso (no se lo merece tampoco). Pues bien, ¿todo lo que produce el mercado es malo? ¿o todo es bueno?  Si nos basanos en las preferencias subjetivas, entonces obviamente todo lo que compran las peronas es “bueno”, por lo menos para ellas. Eso es verdad, y puede explicar por qué tanta gente consume basura. Sin embargo, si decimos que, por ejemplo, da lo mismo comprar un libro de Cattone que uno de Cormac McCarthy, ¿por qué nos parece que algo anda mal con eso? Porque, como en todo, en el Arte sí hay ciertos criterios “objetivos”, o por lo menos aproximaciones. Uno puede decir que Rayuela es una novela inconsistente, pero nadie puede decir que algún mamotreto de E. L. James es mejor. Y es que en las manifestaciones artísticas –literarias, musicales, etc.– lo que debe primar es el criterio, y no el simple gusto subjetivo.  Equiparar el éxito comercial y el valor artístico, en efecto, es una muestra de fanatismo, porque, no, no todo lo produce el mercado es bueno, y eso es fácilmente comprobable (¿no, cachín?). Por otro lado, ¿por qué es intolerante criticar los gustos de las otras personas? Aquí hay una creencia muy arraigada. Todos dicen que tienen derecho a hablar, que la libertad de expresión esto, que el respeto a la opinión lo otro. Ok. Todos tienen derecho a opinar, todos tienen esa libertad, pero la libertad, como sabemos, lo es también, y sobre todo, para «los demás». ¿No fue Orwell –¿o Aldo Mariátegui?– quien dijo que «si la libertad significa algo,  es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír»? Es que aquí se cree que hay que “respertar las opiniones”, y el problema es ése: las opiniones no se respetan (ya saben lo que dicen los franceses de las opiniones y los traseros), se respeta a las personas, simplemente.

Somos libres, a veces

Lucas dice asimismo que «pensar eso [lo que dice Faverón] implica que se está cuestionando la capacidad de las personas para elegir y pensar con claridad puesto que (…) el mercado no alude a nada más que al conjunto de decisiones económicas que toman las personas». Esto es lo que más le han criticado a Lucas en el FB. Dicen, por ejemplo, que en efecto los hombres no son tan “libres”, que están, por lo menos, relativamente condicionados. Hay, de hecho, algo de razón en lo que dicen. Muchos han criticado (y hasta liberales) esa caricatura del humano, hombre-calculadora o algoritmo-viviente que es el homo economicus.  Por ejemplo Peter Drucker, allá por 1939, en su The End of Economic Man,  o más modernamente, Daniel Kahneman y Amos Tversky. Al margen de la libertad negativa –la ausencia de coacción–, la libertad “interior” no es algo absolutamente dado.

Malo, ¿siempre malo?

word_document_90051358_canonical_19fdb89f8aEl problema de Gustavo es que él señala que «la lógica del mercado no es nunca la de proporcionarle al público lo mejor sino la de proporcionarle al público lo más posible». Y entonces, si eso es así, ¿por qué aún hoy se siguen publicando buenos libros o haciendo buena música? ¿Cómo nos explicamos que se diga que «el país de los Jonas Brothers y Britney Spears sigue siendo el país de Jack White, Bob Dylan y Wilco; el de Todd Phillips y James Cameron es todavía el de Jim Jarmusch, David Lynch y los hermanos Coen; el país de Stephenie Meyer y Anne Rice es el mismo donde escriben Jonathan Safran Foer, Philip Roth, Paul Auster y Cormac McCarthy, y el de Glenn Beck y Geraldo Rivera es el mismo de Joe Sacco y Joan Didion (y también el de Stephen Colbert y Jon Stewart)» ? Y es que el mercado no es ni perverso ni santo, ni refinado  ni simplón; los perversos, los santos, los refinados o los simplones son los consumidores. El mercado es tan sólo un medio, y nada más, verlo como la encarnación de la vanalidad y la ramplonería raya con lo religioso, con la ilusión apocalíptica que se grafica en Idiocracy de Mike Judge.  Hay porno-lectoras, hay mucha auto-ayuda, hay mucho Harry Potter y mucho Crepúsculo, pero no hay sólo eso, aunque, ok, hay sobre todo eso.

Una mirada al infierno

stalin-approvesY entonces, ¿es un tema de lo menos malo? Si Gustavo dice que el dios del mercado es estúpido y perverso, debo suponer que el demonio(¡!) del estatismo  es kafkianamente sofisticado y bondadoso.  Si la lógica del mercado lo estropea todo, dejando tan solo «el chiste chato, el prejuicio y el lugar común», la lógica del estatismo debería elevar al hombre, penetrar en el espíritu y modificar lo caduco. Demos, entonces, una mirada al “infierno” soviético.  Como bien debe saber Gustavo,  es un hecho la tétrica desaparición de la gran novelística rusa desde 1917. Al margen de Prokofiev, Sholokhov, Khatchatchurian, Maiakowsky o Pasternak, el ámbito cultural soviético no fue precisamente el mejor. ¿No fue acaso Tvardosvky quien dijo en el  XXII Congreso del Partido Comunista de la URSS que «El defecto de nuestros libros es primordialmente la ausencia de la veracidad de la vida, el nerviosismo del autor, su incertidumbre acerca de lo que está permitido y lo que no lo está»? ¿Y no fue Lukács quien escribió:«En lugar de provocar una aunténtica y sólida emoción para la lucha por el socialismo, conseguimos esa falsa emotividad que proporcionan las novelas detectivescas»?

***

Todo se reduce, al final, a los consumidores. Son ellos los que al fin y al cabo hacen estúpido o sofisticado un mercado. Tema de Educación al fin. Veo que la edición Kindle de The Complete Poems  de Jhon Keats está 3.99 dólares en Amazon. Veo eso y recuerdo que él veía «al público como alguien desconsiderado a quien no puedo dejar de contemplar como un enemigo, y al que no me puedo dirigir sin sentimientos de hostilidad.»

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Un pensamiento en “Del mercado y otros demonios o dioses (a propósito de los artículos de G. Faverón y L. Ghersi)

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