¿Qué debemos combatir? (A propósito de la homofobia de Carlos Tubino)

A veces uno se ilusiona. Siente que con el solo paso del tiempo la modernidad llegará por defecto. Pero no. Y, entonces, uno se puede encontrar con ideas como las de Carlos Tubino, que, al parecer, no distingue lo que es un campo de batalla de lo que es (o debería ser) la sociedad; para él, a los homosexuales hay que combatirlos (porque, para él, algo malo deben de tener), y por eso hay que oponerse, “heróicamente”, al proyecto de Carlos Bruce. Sí, uno se ilusiona, se esperanza con que el solo devenir hará que el Perú se sacuda de sus taras; pero como diría Mariano José de Larra, “no se puede hacer libre por leyes a un pueblo que es esclavo por sus costumbres”. Estas cosas sirven para recordarnos, de cuando en cuando, que quizás, como se desprende también de la lógica de Cipriani, todavía seguimos viviendo en el siglo XVIII y que, aunque comemos rico, el Perú sigue siendo una isla retorcidamente reaccionaria por la que el tiempo no pasó.

Debería decir que me sorprende que algunos “liberales” (las comillas, siempre las comillas) hayan jugado en pared con Tubino. Y sin embargo, como están las cosas (como están las cosas en este país, quiero decir) la verdad es que no me sorprende. Aquí “liberal” es una etiqueta. Mejor: una banderola de barrista, porque aquí las cosas siempre se plantean en los términos de un campo de batalla (como Tubino). Así, algunos “liberales” (otra vez las comillas) terminan razonando de la siguiente forma: 1) Los progresistas apoyan X causa, 2) Los progresistas quieren, mediante el Estado, crear el comunismo; por lo tanto, 3) La causa X es mala, estatista, comunista, caviar, etc. etc. etc. Sobra decir que ésta no es la racionalidad de un verdadero liberal (de hecho, ésta no es la racionalidad de un humano más o menos educado). Ojo, yo no creo que todos los conservadores sean ignorantes, el problema es que muchos ignorantes, me parece, son  conservadores (ok, algo así dijo Mill). Vamos, no hay que hacer mucho esfuerzo para pensar en algún ejemplo. Un liberal (un verdadero liberal, quiero decir) define sus posición autónomamente, atendiendo a sus principios, y no como reacción a la izquierda. Esa toma de posición mecánica, que sugiere que todo lo que defienden los progresistas es proto-estalinista, no puede ser liberal. El problema es que a veces queremos ser tan políticamente incorrectos que nos pasamos de frenada.

Hay muchos casos: independentismo, calentamiento global, inmigración, multiculturalismo, por nombrar algunos. Y es que también se ha puesto de moda llamar a eso, a todo eso, marxismo cultural, y decir que todo obedece a las ideas del ozymandias del comunismo mundial, Gramsci. Después de todo, el tipo de razonamiento arriba mencionado es propio de un cómic, es decir, maniqueo y paranoico

El caso del matrimonio gay es un ejemplo. Como el matrimonio gay es defendido por progresistas –piensan estos supuestos liberales–, entonces eso debe ser malo. El problema con ese eructo mental es que el matrimonio gay sí es una causa que defienden (o deberían defender) los liberales. Se puede advertir que, en el Perú, la derecha (erróneamente ligada al liberalismo) no ha hecho, ¡nunca!, nada por causas como ésta, y que más bien no se ha cansado de demostrar su vocación cavernícola; pero eso no debe llevarnos a pensar que por el solo hecho de que ha sido la izquierda la que ha enarbolado esa causa, entonces ésa no es una causa justa para los liberales.  Veamos un caso del razonamiento antes mencionado.

Me encuentro con un artículo publicado en el blog  Voz Liberal del Perú (?). Éste se titula El matrimonio gay y otros cuentos, y lo que pretende (y obviamente no logra) es destruir la supuesta confusión creada por «los progresistas, es decir, la izquierda mundial» (sic). Fuera de que el artículo está repleto de analogías abusivas y referencias poco afortunadas, hay algunas confusiones que no por lo divertidas dejan de ser, en algún sentido, perversas.

El autor empieza con un grito al cielo porque algunos liberales han tenido la osadía “socialconfusa” de apoyar el proyecto de ley de Carlos Bruce.  Acto seguido, señala una generalización inválida. «Los derechos –dice el autor– con los que todo liberal se siente obligado son los naturales, los relacionados a la vida, la libertad y la propiedad». ¿En serio “todo” liberal es iusnaturalista? Error, no todos lo son; y, por cierto, la estela del iusnaturalismo tampoco es que sea tan liberal: tiene perlas que van desde elucubraciones teocráticas hasta el más puro de los absolutismos. Hecho curioso es que, sin embargo, desde esos derechos (Vida, Libertad, Propiedad) se pueda hacer una defensa del matrimonio homosexual,  tema sobre el cual volveré.

Luego el autor pretende demostrar que el matrimonio no es un derecho. Dice: «Casarse no es un derecho ni una obligación. Es solo una opción.» ¿Y qué es un derecho? Veamos, cualquier estudiante de Derecho de primer ciclo sabe que una de las acepciones que toma este término es el de “derecho subjetivo”. ¿Y qué es un derecho subjetivo?  Una facultad, una opción de hacer o no hacer. Un hijo no reconocido, por ejemplo, tiene el derecho a pedir alimentos, o tiene el derecho a tener el apellido de su padre, pero en ambos casos puede optar por no hacerlo. De igual forma, dos personas pueden optar por casarse (o no), es decir, tienen derecho a casarse, siempre y cuando, eso sí, cumplan ciertos requisitos, como, entre otros, que sean un hombre y una mujer los contrayentes. ¿Qué quiere decir eso? Que dos personas del mismo sexo no pueden casarse, es decir, que no tienen derecho a casarse.  Y ése es el problema, y es también aquello que responde a la pregunta que se hace el autor: « ¿Entonces a qué viene tanta cantaleta con los gays?» (sic).

El artículo prosigue con la ya conocida argumentación de la “tradición”, la “unión familiar”,  “la finalidad matrimonial” y otros supuestos argumentos que Cipriani firmaría con gusto. El problema con esa argumentación es que encierra una lógica bastante perversa, a saber:  «Que nosotros, los heterosexuales, somos los que tenemos que disponer de “ellos”, los homosexuales, y que nosotros, que somos dueños “por tradición” del matrimonio, no vamos a permitir que “ellos” jueguen con el concepto de matrimonio, y que, además, ni fregando les vamos a dar lo que es nuestro (o sea el matrimonio).  Si “ellos” quieren,  les podemos buscar una solución-parche, y si no, que no molesten». Esa lógica implica ver  a “ellos” como seres de los que podemos disponer, de los que podemos decidir; como seres extraños y peligrosos que nos quieren quitar algo que supuestamente la tradición nos ha dado, y que debemos tratarlos como enfermos, como incapaces a los que sólo podemos entregarles soluciones-parches.

Sólo esta lógica puede explicar que se diga que, como el matrimonio es una “institución social”, entonces el Estado no debe quitarnos algo que es “nuestro”, ni modificarlo. Eso implica, entonces, que la “sociedad” es en realidad “nuestra sociedad”, la sociedad de los heterosexuales, y que “ellos”, los homosexuales, están al margen de esa sociedad. ¿Alguien puede negar que esto es abiertamente contradictorio con la igualdad que incluso los liberales defienden? Por otro lado, la tradición  no es un argumento. De hecho, desconfío mucho de aquellos que exaltan la tradición, como desconfío de lo que puede llegar a hacer la humanidad. También la esclavitud era una tradición, y a nadie se le ocurriría (…creo) defender, ahora, la esclavitud.

También están los argumentos supuestamente empíricos, como los que señalan que los matrimonios homosexuales son inestables, o los que cuestionan la cantidad de matrimonios homosexuales que se realizan.  Y eso, otra vez, no es argumento. Estamos hablando de un plano formal, de un derecho, y por ello estos argumentos no tienen razón de ser. Incluso en el caso hipotético de que no se llegara a realizar ningún matrimonio gay, la opción, la facultad, el derecho debería estar ahí, porque eso es lo coherente con una sociedad que acepta el principio de igualdad jurídica.

Como sugerí al inicio, si los humanos tenemos ciertos derechos naturales (vida, libertad y propiedad), lo más coherente es que no haya impedimento para que dos personas del mismo sexo se casen. De hecho, hay un derecho que incluso los padres fundadores de los EEUU reconocieron: La búsqueda de la felicidad. Si dos personas del mismo sexo creen que “felicidad” es casarse, hacer vida en común y compartir derechos y obligaciones, ¿por qué deberíamos oponernos? ¿Por qué la sociedad debería sentirse atacada, si los individuos tenemos derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad? La respuesta es que esa sociedad se sentiría atacada si es prejuiciosa, oscurantista, atrasada, ignorante y discriminadora. Curiosamente (o no tan curiosamente), la sociedad peruana es algo así, y eso es lo que, realmente, debemos combatir.

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