Doblepensar peruano

Eric Arthur Blair (George Orwell, para los amigos) fue de izquierda, y sin embargo ahora es más bien reivindicado por gente a la que comúnmente denominamos de derecha. ¿Por qué? Básicamente, porque, primero, se opuso al totalitarismo estalinista, y, en segundo lugar y sobre todo, porque mostró esa vergonzosa hipocresía de la izquierda de su país.  Creía Orwell que la izquierda de su tiempo, que gritaba y respiraba socialismo, callaba servilmente los crímenes de un gobierno “socialista” (Stalin ™), que Democracia, para esa izquierda, podía tener dos significados, aunque contradictorios; que, para generalizar, uno puede llegar a apoyar y desaprobar una misma cosa a la vez, creer que dos más dos pueden ser cuatro… pero, también, cinco. A eso (que, en su ensayo Los escritores y  Leviatán, lo identifica con «una manera de pensar esquizofrénica») le llamará, en 1984,  doblepensar (doublethink).

Sin duda, la actual realidad peruana y la del Reino Unido de la posguerra son, sin duda, radicalmente distintas. Y sin embargo, ese doblepensar es algo que, hoy, se respira día a día, aunque aquí  no es un vicio privado de la izquierda; la política peruana, toda ella, funciona con doblepensamiento; sabemos que nuestros partidos son poco menos que pandillas de pirañitas, pero uno igual, en menor o mayor medida, termina defendiendo a alguno; sabemos que el Poder Judicial es un chiste macabro, pero algunos (introducir caradura aquí) se defienden diciendo que el justo Poder Judicial (o el TC) les ha dado la razón. Y les creen.

Sigamos con la idea. En el Perú hay liberales. Bueno, eso es lo que uno escucha. El discurso es más o menos el mismo. No voy a entrar al tema de si estoy o no de acuerdo, o en qué cosas tengo una opinión distinta, o qué cosas me parecen interesantes y qué cosas equivocadas. El hecho es que hay liberales. Punto. Lo que, sin embargo, me pone en estado de “¡exijo una explicación!” es que algunos autodenominados liberales, en ciertos casos, terminan defendiendo ciertas posturas que contradicen descaradamente los principios que divulgan. Hablemos, por ejemplo, de autoritarismo (sí, me refiero a Fujimori). ¿Puede un liberal defender eso? Incluso en el caso de que se asuma que mucho del crecimiento económico ha dependido de las reformas que se hicieron en ese gobierno (tema, por otra parte, que es otra discusión), ¿puede alguien que dice  que  el individuo es un fin en sí mismo,  que jura defender las instituciones y que censura toda intención de utilizar el erario como alcancía personal; puede esa persona, decía, apoyar la corrupción, las atrocidades inhumanas largamente probadas, las violaciones a los principios y procedimientos de una correcta administración de justicia y las nociones éticas más elementales? Desde luego, eso, por lo menos, suena a contradicción. Y sin embargo, están ahí, en Facebook o en Twitter, “liberales” defendiendo eso.

Otro caso. En los últimos días, se ha difundido una iniciativa contra la homofobia denominada #ParejasImaginarias. La idea es interesante y ojalá el mensaje sea bien recibido. En un país homofóbico, machista y pendenciero como el nuestro, una iniciativa así es más que una buena intención. Mucha gente se ha sumado a la campaña, sin importar el contraste político o cualquier otra distinción. Desde Alditus y Magaly hasta Melcocha y PPK. Bien por eso. Pero, cuando parecía que todos estaban de acuerdo y cuando ya todos sacaban sus cámaras para crear su propia foto de pareja imaginaria, apareció (adivinen)… Rafael Rey. Claro, algunos me dirán: «oye, eso no es doblepensar. Rafael Rey  es un católico fanático y jamás aceptaría una iniciativa como esa». El hecho es que, sin embargo, Rafael Rey  afirma que  No es homofóbico, que para nada odia los gays, que no le resultan repulsivos. Pero ni bien aparece una foto de dos personas del mismo sexo (Melcocha y PPK, por ejemplo) en claras manifestaciones de cariño, alza la voz, se molesta, se irrita, se le ponen las mejillas rojas y, por si fuera poco, tan honorable él, termina sus comentarios con un “no sean conchudos”. (A su lado, Barba Caballero, más sutil todavía, regresa sobre la idea con sublime estoicismo: “cierra tu cortina pues, idiota”). O eso es doblepensar, o algo anda mal con el concepto de homofobia de Rafael.

A estos ejemplos pueden agregarse muchos otros (por ejemplo, éste). La idea, me parece, ha quedado clara. Alguien definió la política como un sistema de máscaras. Tenía razón.

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